Para quienes llevan en el pecho un nombre que es sombra, un canto fúnebre de rituales olvidados y un amor que se debate entre la maldición y la eternidad. Para quienes escriben versos nacidos del dolor, tejiendo puentes quebradizos sobre el abismo de lo nunca dicho, y cultivan frutos pálidos en el jardín de los sueños marchitos. Que estos versos sean el eco de ese lamento que une espectros y designios celestiales, y conviertan el reproche oscuro en la única ofrenda verdadera que un alma puede dejar en el altar de lo que amó y perdió.

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